Treinta años llevando esperanza a la prisión de Córdoba
Joaquín Izquierdo recibe la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario por treinta años de voluntariado evangélico con los presos de la prisión de Córdoba.

Hay ministerios que no aparecen en los titulares, pero que transforman vidas durante décadas. Uno de ellos es el de Joaquín Izquierdo, voluntario evangélico que lleva unos treinta años visitando a los internos del centro penitenciario de Córdoba. El pasado 24 de septiembre, su perseverancia recibió un reconocimiento público: la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario.
Un reconocimiento institucional
Según informó Protestante Digital en una crónica firmada por el pastor Ángel Bea, el acto se celebró en el salón de actos de la Diputación Provincial de Córdoba. Asistieron el presidente de la institución, el alcalde de Córdoba, José María Bellido, y la subdelegada del Gobierno, Ana María López. En representación del Consejo Evangélico de Córdoba estuvieron su vicepresidenta, Elena Moiche, y su secretario, Francisco Blanco.
La medalla le fue entregada por la directora del centro penitenciario, Inmaculada Román. El homenaje incluyó también a su esposa, Consuelo Sotillos, compañera en este servicio.
De esos treinta años de trabajo, Izquierdo lleva unos veinte al frente del equipo de voluntarios que da a conocer el Evangelio a los internos. Un equipo formado, destaca la crónica, por hermanos y hermanas de distintas iglesias de la ciudad.
Una historia que viene de lejos
El testimonio de Izquierdo forma parte de una cadena de fidelidad que se remonta a los comienzos del ministerio evangélico en las cárceles españolas. Bea recuerda que, a principios de los años ochenta, escuchó en un retiro de pastores al valenciano Blas Escurriola, uno de los primeros en iniciar este trabajo en las prisiones de España, y que su relato de vidas transformadas impresionó a los presentes.
Los pioneros de Córdoba
En Córdoba, el ministerio comenzó de forma tímida. Ramón Bellew, entonces pastor de la antigua Iglesia Apostólica, animó a Ignacio Zurita a visitar la prisión provincial. Después tomó el relevo Miguel Ortí Bota, que sirvió durante catorce años junto a un equipo de varias iglesias. Bajo su ministerio, según la crónica, muchos internos e internas profesaron fe en Jesucristo, y a la iglesia formada dentro de la prisión se la llamó «Senda Real».
La entrega de Ortí fue reconocida dentro y fuera del centro, y una calle de Córdoba lleva hoy el nombre de «Capellán Evangélico Miguel Ortí». Tras su fallecimiento, hace algo más de treinta años, Nicolás Garrido continuó la labor durante algunos años, y después lo hizo Joaquín Izquierdo, que ya llevaba una década colaborando.
«Gente sencilla»
Lo que más subraya la crónica de Protestante Digital es el perfil humilde de quienes han sostenido este servicio. Tanto Ortí como Izquierdo y sus compañeros, escribe Bea, «son gente sencilla». Y recuerda las palabras con las que los líderes religiosos describieron a los apóstoles en Hechos 4:13: «hombres sin letras y del vulgo».
Para el autor, ese es precisamente el secreto: que para servir a Dios no valen los títulos ni el esfuerzo humano, sino el poder de su Espíritu, como anunció el profeta Zacarías: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos» (Zacarías 4:6).
Análisis: la fidelidad que no se ve
La historia de Joaquín Izquierdo invita a mirar un tipo de testimonio que a menudo pasa desapercibido: el de la constancia. Visitar una prisión una vez puede ser una experiencia impactante; hacerlo durante treinta años, semana tras semana, exige una vocación profunda, paciencia y un equipo que sostenga el trabajo.
El voluntariado religioso en los centros penitenciarios cumple además una función social reconocida por las propias instituciones, como muestra esta medalla. Ofrece escucha, acompañamiento y esperanza a personas que atraviesan uno de los momentos más difíciles de su vida, y en ocasiones apoyo para su reinserción.
También es un ejemplo de colaboración entre iglesias: el equipo de Córdoba reúne a creyentes de distintas congregaciones de la ciudad, unidos por un mismo propósito.
Jesús se identificó con los presos en una de sus enseñanzas más conocidas: «estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí». La labor de Izquierdo y de quienes le precedieron es una forma concreta de vivir esas palabras.
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